Héctor BlisS

@blissito

hace 10 meses

Una joven muy agradable.

Era nuestro tercer día en París. Habíamos comprado por internet un viaje de un día al Monte Saint-Michell y habíamos llegado al punto de reunión muy temprano, hacía frío, había viento. [me parece que estábamos en la calle ------ ], Mire a mi alrededor en busca de alguna tiendita, pero solo había una cafetería, se veía tan romántico. París al amanecer con un cielo índigo profundo, con nubes rosadas en forma de borreguillos, la calle aún estaba oscura y la luz de la cafetería resplandecía cálida, te invitaba a entrar, me sentí en un cuadro de Leonid Afrémov. Avisé a Brenda que iría a conseguir un par de cruasanes y café para mí, un café delicioso, capuchino, calentito, con un dulce sabor a nuez. Y tal vez un cruasán relleno, no importa si de jamón o de chocolate.

Crucé el umbral de la dimensión que me llevó a esta historia, sentí como si arrojara un pulso hacia el universo, una onda gravitacional salió de mí con rumbo al infinito. Dije «Hello» con dificultad porque me distrajo el dulcísimo aroma del café en el ambiente, muy tímido me coloqué frente al mostrador lleno de panes y pasteles cremosos y amielados. —Bonjour. Respondió una jovencita sonriente de cabello rubio y ojos muy azules. Intenté decirle en inglés que quería un cruasán, pero ella movió las manos y dijo —ne parle pas anglais. Así que señalé con mi dedo directamente a los cruasanes, ella afirmó con la cabeza y creo que dijo que sí, en francés, tal vez no, tomó una bolsita de papel y comenzó a llenarla de galletas, galletas suculentas. Intenté hacerle señas, trataba de decirle que no, que quería un cruasán, todo esto se lo decía en un inglés chueco, que no quiero ni recordar. Aunque la tortura de pronunciar la palabra croissant no producía dolor suficiente como para dejar de intentarlo o de comerlo. Por fin entendió que era adicto al cruasán y me embolsó 6 mientras le hacía la seña de amor y paz porque eran muchos, solo quería dos (ya sé, ¿a quién se le ocurre decir que 6 cruasanes son muchos?). Pero no nos entendíamos, prefiero pensar que era una colaboración de incomprensión a pensar que sufro de alexitimia. Comenzó a hacerme una mueca, la jovencita ya no sonreía, ahora me veía con medio ojo izquierdo cerrado y un labio inferior muy curvado. Intenté pedirle un cruasán con jamón, pero ella no entendía hacia donde le apuntaba mi dedo rígido, más rígido por la frustración, parecía que esquivaba el lugar donde yo apuntaba para señalar ella, otro rotundamente alejado de donde yo indicaba. Con esto definitivamente comencé a suponer que me estaba «trolliando» como dicen los gamers, que quería burlarse de mí o algo así. Así que intenté con el café: «capuchinno please» le dije y ella respondió algo como —Nous n'avons pas de lait pour le moment, préférez-vous un thé à la place ?. —Capuchinno. Dije, enérgicamente. Yo creo que lo dije unas tres veces más, hasta que ella volvió a mover las manos para decir que no, algo exasperada, me resigné a no poder conseguir mi delicioso café del cual ya no tenía que imaginar el aroma, lo tenía bajo mi nariz. Intenté pedir que me cobrara, sin éxito, su mueca ya no era de un medio ojo cerrado, ahora era la de muchas arrugas en la frente con cejas arqueadas contrapuestas, se entendía en su rostro el lenguaje universal del mal humor. Un poco fastidiado ya de tanta incomodidad, saqué la tarjeta de crédito y se la mostré, entendió que quería pagar. Yo pienso que tenía muy buen sentido del humor, prefiero eso a pensar lo de los trolls. Porque me dijo el total en francés, pronunció los números en francés con una cara congelada en seriedad, mirándome directamente a los ojos, solo bajándolos de vez en vez para recuperar la cifra desde la pantalla de la terminal. Pronunció perfectamente cada una de las decenas para sonreír al final. Yo opiné que era una muchacha muy grosera. Fue entonces que se me salió, como se me había salido otras veces, y se me saldría muchas más al hacer un pago, dije «gracias» en español.

«¿Hablas español?» Me dijo la morrilla con un acento muy Galo. Yo no sabía si esconderme, salir corriendo, reclamarle o llorar. Así que opte por sonreír, dije algo así como «no puede ser, ¿en serio?» y le pedí un espresso doble, porque me explicó muy amablemente que aún no le llevaban la leche. Salí con el botín o algún botín.

Mientras volvía con Brenda, pensé, que en español, era una joven muy agradable.

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